Teniéndote tan cerca, no puedo verte, el otro día, vi tu sombra, pasó tan junto a mí que la sentí crecer, y metérseme en el corazón, entonces, supe porque dios les dio sombra a nuestros cuerpos. Pa' poder mirar la tuya cuando pasa, Maclovia, y yo siempre, siempre a toda hora, y en todas partes, con los ojos de acá dentro, te veo; y te oigo, en el canto de los pajaritos, en el viento, cuando sopla en la laguna, en el sol, en las estrellas. En todo aquello, en que naiden me puede impedir que te vea y que te oiga. Yo sé, que tú estás muy alta, y que yo no te merezco, pero que culpa tiene el pobre árbol reseco, de enamorarse de la luna, ¿verdad qué duele mucho quererse tanto, Maclovia? Totalmente, como si tanto amor no cupiera en uno, por eso duele. Estoy muy triste, pienso en ti.
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miércoles, 16 de septiembre de 2026
Carta de José María a Maclovia.
Entonces... dígale su buena merce': qué estoy en la escuela pa' merecerla, que cuando voy a pescar, no hago más que acordarme de ella. Que desde que la quero, todo me parece más hermoso.
jueves, 13 de mayo de 2021
Mi corazón feraz en ti reposa
Mi corazón feraz en ti reposa,
primera soledad estremecida;
mi corazón, su sed enardecida,
tenso y ávido en ti, muerte amorosa,
sangre final de la primera rosa.
Universo de amor alzó la vida,
creció mi carne, soledad vencida,
en otra carne que danzó, gozosa.
He de volver, amor, a tu alegría,
que esta desnuda voluntad amante
me da la sed, más no lo que me sacia,
y estos labios estériles un día
han de decir tu voz, agua y diamante,
júbilo y llanto, en renovada gracia.
primera soledad estremecida;
mi corazón, su sed enardecida,
tenso y ávido en ti, muerte amorosa,
sangre final de la primera rosa.
Universo de amor alzó la vida,
creció mi carne, soledad vencida,
en otra carne que danzó, gozosa.
He de volver, amor, a tu alegría,
que esta desnuda voluntad amante
me da la sed, más no lo que me sacia,
y estos labios estériles un día
han de decir tu voz, agua y diamante,
júbilo y llanto, en renovada gracia.
-Octavio Paz
sábado, 23 de diciembre de 2017
De las dificultades del amor.
El amor es una cosa incomprensible.
Había aprendido hacía muy poco la palabra incomprensible y me deleitaba, machaconamente dentro de mi cabeza, con su sonido y su musicalidad, in-com-pren-si-ble. Mucho más fácil que decir que no se comprende, que no se entiende, que no hay forma de agarrarlo en un puño, al igual que no se puede agarrar un virus, una célula, una mota de polvo.
La frase «el amor es una cosa incomprensible» la había anotado, con letra minúscula, en el cuaderno de historia de México, entre Virreinato e Independencia, mientras odiaba y amaba al mismo tiempo, con todas mis fuerzas, Roxana, que a pesar de estar a sólo tres pupitres de distancia, era por el momento inalcanzable. Todos mis esfuerzos eran vanos. Mientras yo contaba con pelos y señales la caída de la gran Tenochtitlan en 1521, haciendo gala de toda mi teatralidad, logrando que bufaran los caballos españoles y profiriendo todos los inventados gritos de guerra de los mexicas que se me ocurrieron frente a la clase, ella miraba displicente hacia otro lado. Como si no existiera, tratándome como se trata a un virus, a una célula, a una mota de polvo.
Tuve incluso mejores y más arriesgadas ideas; subir a un árbol a bajar a un gatito, que se supone te convierte en un héroe y provoca que la gente te mire con otros ojos. Cierto, pero sólo te miran con otros ojos las viejitas y las que no son tan guapas como Roxana, que en vez de admirar azorada mi hazaña, platicaba como si nada con dos amigas en la puerta del colegio. Hice pues, acrobacias bicicleteras mortales, usé sombrero una semana entera, logré, frente al pizarrón, resolver seis quebrados dificilísimos en minutos. Y al otro lado, un muro.
Yo era invisible. Tal vez Roxana fuera diferente de las demás. Y la diferencia estribaba en que ella tenía «chichis» y las demás todavía no. Paseaba con sus pechos puntiagudos y recién estrenados por el patio ante los sordos murmullos que iban derramándose a su paso. Si a eso le aumentamos los ojos verdes, los cabellos castaños y rizados, los dientes blancos y dos piernas que con todo y horribles calcetas eran perfectas de perfección, resultaba que Roxana no era una condiscípula, más bien era una fantasía.
Me estaba empezando a volver loco. Lo único que impedía la catástrofe era el hecho de que tampoco le hacía el más mínimo caso al resto de los posibles competidores, que lucían yesos en brazos y piernas como inminentes testimonios de su fracaso en la hazaña de que Roxana los tomara en cuenta. Así pues, mientras rumiaba mi fracaso frente a un plato de arroz con pollo y chile poblano, y jugueteaba entre los vericuetos de los granos con el tenedor, poniendo, como las circunstancias lo ameritaban, la cara de amante despechado y triste como los que salen en las películas, apareció por la puerta de la cocina mi tío Paco, con un habano entre los dientes y un clavel rojísimo sobre la oreja derecha. —¿Qué te pasa, chaval, por qué esa cara de entierro? —diciéndolo todo con un marcado acento madrileño sacado de no sé dónde. —No estoy para bromas. No tengo hambre. —Si estuviera aquí tu madre, te diría que pensaras en los pobres niños de algún sitio que no tienen qué llevarse a la boca. Pero como no está tu madre y el arroz está buenísimo, pues es una receta de mi amiga Maricarmen, ¡quita pa’lla! Y se sentó a mi lado, puso el puro al filo de la mesa y en tres patadas se comió mi porción haciendo sonoros gestos de agrado. Yo seguía con la cabeza gacha, oyéndolo masticar y deglutir. Al terminar y notando claramente que no surtía efecto alguno sobre mí su pantagruélica escena, se levantó, machacó contra un cenicero el puro y me dijo:
—Bien, como la comedia española no te gusta, o no estás de ánimo para ella. Pasaremos entonces a la tragedia griega.
Tomó el plato de la mesa y lo estrelló contra el suelo gritando: «¡Opa!» Yo pegué un respingo e inevitablemente sonreí. Como por fuerza deben sonreír los niños cuando los adultos se salen del guión establecido y se vuelven mejores personas. Acto seguido, se sentó junto a mí poniendo cara de circunstancia.
—Ahora sí. Escupe tu ira y tu rabia y cuéntale a este pobre viejo poeta y además ciego, lo que te aflige, joven héroe…
Y casi sin respirar, como un borbotón de agua sulfurosa, fui desgranando los agravios y los sinsabores de la pasión sin recompensa. Conté paso a paso los fútiles intentos por llevar hasta mis brazos a ésa que atormentaba mis días y hacía tan interminablemente largas las noches con su ausencia. Me miraba sorprendido. Absolutamente sorprendido de que un niño de doce años pudiera sentir tantas cosas dentro de su pecho. Se quitó el clavel de la oreja y lo apartó disimuladamente con la mano por sobre la mesa, consciente de que el momento era serio
—Mi diagnóstico, joven héroe, es muy simple. Tienes una daga clavada en el corazón. Eso que sientes se llama amor y no tiene remedio. Y yo, sorbiendo los mocos provocados por un llanto quedo y amargo pregunté:
—¿Cómo se quita, tío? ¿Cómo hace uno para que no duela como duele? Me abrazó, fuerte, largamente. Como si él o yo, o los dos juntos, volviéramos de un largo viaje por los confines de territorios ignotos, inexplorados, tristes, salvajes.
—La tragedia griega no sirve para esto. Vamos a recurrir a métodos más directos y eficaces.
Lo miré expectante, confiando en que sacara de la bolsa del ridículo mandil azul que portaba una pócima de amor o un ungüento mágico para las heridas del corazón.
—¿Tienes su teléfono? Asentí gravemente, lo tenía pero nunca le había hablado. No me atrevería jamás de los jamases. El tío se levantó de la mesa, fue por lápiz y papel y se puso a escribir frenéticamente, hasta casi llenar la hoja con sus garabatos. Me la tendió.
—Llámala. Dile quién eres y sin esperar que ella hable, lee esto, de corrido pero sin prisa, haz pausas, léelo como si estuvieras pasando el examen de la barra de abogados de Nueva York. Con aplomo y temple, pero también con el corazón, que es como se debe leer la poesía. ¿Está claro? Asentí. Roxana contestó al segundo timbrazo, menos mal que no tuve que pedirle a su mamá que me la pasara.
—Ro, soy Sebastián. No digas nada, escúchame.
Y ella me escuchó sin decir nada durante casi siete minutos. Yo leía la hoja de papel y mi tío me miraba con una chispa de la mejor de las locuras brillándole en las pupilas. Al terminar, un breve silencio. Yo me estaba meando, del susto, de los nervios, del exceso de agua de Jamaica. Por fin, Roxana habló:
—Nunca me habían dicho cosas tan bonitas. Eres encantador, Sebastián. Gracias. Te mando un beso. Y colgó.
Salté sobre la mesa, sobre los sillones, grité como apache, rompí un florero. El tío había encendido un puro todavía más grande. Recuperó el clavel y volvió a montárselo con gracia sobre la oreja. Lo abracé nuevamente, con todas mis fuerzas. Le hablé al oído.—Eres un genio. Te amo. ¿Qué le leí? Misteriosamente, atusándose el bigote dijo:
—Cyrano de Bergerac. La poesía sirve para que las almas extraviadas se encuentren. También yo te amo, muchacho.
Benito Taibo-Persona Normal.
martes, 21 de noviembre de 2017
Nocturno
Las estrellas: gotas de rocío
en el pasto del firmamento.
La luna: una fuente,
un silencio de aguas claras.
Tu recuerdo:
la sombra de una estrella.
en el pasto del firmamento.
La luna: una fuente,
un silencio de aguas claras.
Tu recuerdo:
la sombra de una estrella.
Mixcoac, a 19 de diciembre de 1930.
-Octavio Paz.
lunes, 19 de diciembre de 2016
Las trampas del tiempo.
Sentada de cunclillas en la cama, ella lo miró largamente, le recorrió el cuerpo desnudo de la cabeza a los pies, como estudiándole las pecas y los poros, y dijo:
--Lo único que te cambiaría es el domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.
Ahora este hombre, mutilaso de ella, quisiera recordarla como era.
Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.
--Lo único que te cambiaría es el domicilio.
Y desde entonces vivieron juntos, fueron juntos, y se divertían peleando por el diario a la hora del desayuno, y cocinaban inventando y dormían anudados.
Ahora este hombre, mutilaso de ella, quisiera recordarla como era.
Como era cualquiera de las que ella era, cada una con su propia gracia y poderío, porque esa mujer tenía la asombrosa costumbre de nacer con frecuencia.
Pero no. La memoria se niega. La memoria no quiere devolverle nada más que ese cuerpo helado donde ella no estaba, ese cuerpo vacío de las muchas mujeres que fue.
-Eduardo Galeano.
viernes, 9 de septiembre de 2016
Yo no puedo tenerte ni dejarte...
Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué, al dejarte o al tenerte,
se encuentra un no sé que para quererte
y muchos sí sé qué para olvidarte.
Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.
Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo:
no se hable más en celo y en sospecha,
y quien da la mitad, no quiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo,
sabe que estoy haciendo la desecha.
-Sor Juana Inés de la Cruz.
lunes, 11 de julio de 2016
Lo posible y lo imposible.
¿Sabes algo?
Quisiera conocer todas tus
sonrisas,
todas tus constelaciones
dibujadas,
de tus dedos a tu sien
quisiera morderte la boca a diario,
comer tu cuello de frutas,
romper salvejemente tus ropas,
hacerte el amor con poesía.
¿Qué clase de hombre le hace
el amor a una chica sin poesía?
Las bondades de tu ternura,
el suave eco de tu voz
pidiendo amor entre los dedos.
Te quiero como los cuerpos
que no conocen la gravedad ,
como si siempre hubieses estado
tú con tantas ganas de sentirte amada.
Quisiera conocer todas tus
sonrisas,
todas tus constelaciones
dibujadas,
de tus dedos a tu sien
quisiera morderte la boca a diario,
comer tu cuello de frutas,
romper salvejemente tus ropas,
hacerte el amor con poesía.
¿Qué clase de hombre le hace
el amor a una chica sin poesía?
Las bondades de tu ternura,
el suave eco de tu voz
pidiendo amor entre los dedos.
Te quiero como los cuerpos
que no conocen la gravedad ,
como si siempre hubieses estado
tú con tantas ganas de sentirte amada.
-Quetzal Noah.
lunes, 28 de marzo de 2016
Rayuela (Capítulo
7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entre abriera, y me bastara cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide perfectamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente las profundidades de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo me siento temblar contra mí como una luna en el agua.
-Julio Cortázar.
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